Este blog es esencialmente inútil. Aspiro a que estas palabras sean ininteligibles, porque lo que busco es precipitarme al fondo del abismo. Infierno o cielo, ¿qué importa? Hay que ir hasta el fondo de lo desconocido para encontrar lo nuevo.

viernes, 14 de septiembre de 2018

Estoy aquí para alumbrarte (poema)


Fue sagrada la lluvia que limpió de tierra los tristes huesos de los muertos,
simple barro, manojo de albardillas que florecen murmurando la canción
que levanta la brisa de los inconmovibles labios del follaje.
Y aunque no importe llover y aunque nos duelan los muertos… aquí te espero,
aunque mi alma se haga muro que erige lo invisible en las ladronas alas de la niebla.

Mujer…
el sol se me hace negro como una amenaza de cielo sin promesas,
se me duerme la voz en el descanso de tus manos… -con tanto que decirte-
pero he cerrado mi boca con tu beso y he cantado un himno de alabanza
para después del día en que dictarán los dioses su palabra, donde yo seré tú:
en la frontera sin descanso de la piel, en el aliento final del porvenir,
en la sombra del vidrio que devoró el azogue con un hambre de espejo
a medio concluir.

(Entonces me mirarás igual que la profecía de un paso
que se anticipa al camino aún no creado
y hurgarás en el corazón cerrado de la rosa con ímpetu de celo).

jueves, 8 de febrero de 2018

Prólogo al libro de poemas: "Recuérdame" de Esteban D. Fernández

Soy enemigo de los prólogos. Sólo en los últimos tiempos. Antes tenía un concepto diferente de ellos. Pero soy consciente de que un día éstos subrayaron mis textos bajo la impresión de otros a los que considero talentosos escritores. Por esa deuda pendiente tal vez y por la amistad que me une a quien me pidió que lo escribiera, este prólogo existe.
No soy poeta, aunque hubo un tiempo en que me consideraba escritor de versos y gasté cientos de palabras y un buen puñado de papeles en dejar constancia de ello. Eran tiempos en que vivía enamorado del amor, en que era un muchacho doliente al que las estacas se le clavaban una y otra vez en el corazón, agujereándolo como un castigo, agrietándolo hasta hacerlo pedazos o jirones o lo que sea. Destrozándolo. De mis enamoramientos, que exaltaban mis pasiones y turbaban mi percepción del mundo hacia colores vistosos, y de mis decepciones, que lo teñían todo de negro pesimismo, surgían mis versos. En esa montaña rusa de emociones y sentimientos que llenaban páginas y páginas como desahogo del alma. Pero no. No soy poeta. Sólo viví creyendo hacer poesía. Por eso me sorprende que se me haya pedido hacer esto. ¿Qué puedo decir yo de versos y rimas? Nada. Eso se lo dejo a los eruditos y entendidos. De lo que sí puedo hablar es de la evocación.
Cuando yo escribía poemas de amor y desamor no pensaba en la rima ni en intrincados artificios y estructuras, sino que me valía del sentimiento que se destilaba de sus versos. Lo que evocaba para mí y para otros era lo importante, porque en el propio vómito impulsivo de su creación veía yo la impronta de mis emociones. Sólo así veía fidelidad a la hora de traspasar la carne y la mente para depositar mi alma sobre el papel y que otros, acaso, lograran entender y vivir a través de mis palabras. Si hablo de todo esto es porque Esteban D. Fernández posee ese lenguaje visceral que nace de dentro y se instala con cierto dolor en la hoja en blanco, para llenarla de matices e impresiones nacidas de la soledad, la tristeza o la exaltación del amor, pero que pasan, además por conceptos más complejos que incluyen mitología, filosofía y religión.

Introducción al libro de poemas: "Recuérdame" de Esteban D. Fernández

  ¿Cómo presentar un libro de poesía?... ¿cómo describir el vuelo de una mariposa o el yunque de un herrero?
¿Cómo presenciar el nacimiento de los frutos?: ¿desde las manos del labrador?, ¿desde la grieta de la tierra fértil?

¿Cómo presentar un libro de poesía?
Se habla de un autor, de su alma rebelde y a la vez dócil. Se habla de los versos, libres de ser, pájaros… el canto del alma, el rugido del amor en cada verso.

Seguramente ambos elementos, autor y obra, están mucho más ligados entre sí de lo que puedan especular o decir de ellos estas palabras.

No imagino ahora la importancia de un prólogo, pues sólo puedo dimensionar entre vislumbres el camino que se abre a partir de las páginas siguientes… quizá esto sea un simple acompañamiento que, imposiblemente, pueda dragar la profundidad de dicho camino, las páginas verdaderamente necesarias.

El amor del poeta… la piel de la poesía…
Fuego y lluvia, eso será cada poesía en su más noble decir.
Polvo y viento el poeta, sólo eso, nada más y tanto, en la colonia de sueños y realidades que lo atraviesan.

lunes, 29 de enero de 2018

El saldo de la herencia (poema)...

Te sigo paso a paso… quiero estar vivo,

rehacer a partir de tu aroma el aire en que me nombras.

Quiero que me oigas…

romper la llave del error con que abrimos las sombras;

amar todas las caras de tu júbilo en un idioma sin fronteras,

desasido del cielo que se volvió distancia en un siglo de espera.
Quiero que nos alcemos como hierba

y en un escalón del “todavía” hallar la salida

de este instante de ausencia.
Algo me trae el día…

cuando me veo desnudo cicatrizado en tus palmas,

como un puñado de barro que toma forma en tus manos… niña mía.
Así camino… y no quisiera mirar…

pero tengo tus ojos que me explican este intento…

como si hubiera lugar para esta vida…

asomado a tu aliento desde la puerta de mi alma

donde me sostienen solo el tiempo y la pregunta.

 

Este morir naciendo cada vez en tus labios…
Este nacer muriendo cada vez en tus manos…

 

Esteban D. Fernández

Del Poemario: “Recuérdame”.

 

 

jueves, 25 de enero de 2018

Shamballa (poema)...

Distantes como el secreto de una señal anunciada
por el trigo que los difuntos siegan más allá de los campos
abismados en el estigma de murallas de hierro…

cercanos como las cenizas de la perpetuación que dictan al pie de los oráculos
el trazado de un espacio no revelado a lo que nacerá otra vez
en el seno de lo que habita en el aura sagrada del berilo;

mensajeros del tiempo que se levantan en la memoria de la gran añoranza
del otro lado del no estar con la visión inclinada hacia la sombra
de los que no beberán las aguas de Leteo ni dejarán algo de sí
en el umbral de cada puerta leída en las tablas de piedra de la diosa.

Barro animado que se eleva hasta los humos del altar,
leche de cabra que nutre los siete pasos hacia los puntos cardinales,
llamado desoído por la hierba que de la providencia crece
en un murmullo de ofrenda que esgrime el sortilegio de las constelaciones.

Habitantes de la legión del más allá:
de los encadenados a la tierra
de los que no han de volver más
de los que no han venido aún.

Ángeles establecidos en el uno,
sobrevolando el resplandor de los espejos en la permanencia de la duración
donde un cántico recoge las palabras de “pase” que nadie dijo más,
el último llamado que prolonga la voz de una estación
que nace debajo del silencio lo mismo que el signo de un olvido;

sentencia que abre hacia el revés de todo nacimiento,
dominio inalcanzable por las migraciones del alma
cumplidas en cada cuerpo de morir.

Esteban D. Fernández

Notas:

Berilo: Piedra preciosa parecida a la esmeralda, de color verde muy subido y transparente, que se utiliza a modo de espejo mágico, en cuya aura astral puede el vidente observar apariciones e imágenes de cosas futuras.

Leteo: Río del olvido.

martes, 15 de agosto de 2017

Luz de luna (poema)




Pensado por el oficio de tus manos… vuelo lejos.

En ti me duermo mujer…
luz de luna, faro que arde, patria del pecho incendiándome el latido.
Tiembla la tierra cuando te anuncias regresándome, paloma mía.
Tu vuelo traza la ruta de mi nido y en tu aleteo me quedo…
¿Por qué llorar corazón?

El dulce labio del destino me arrulla con confesiones que solo piden tu oído.
Bruja amante, miel del campo, mujer del barro…
vestida de mil distancias beso tu huella en el viento y me seduce tu aroma,
magia del sueño donde te guardo en silencio como un pedazo de noche…
vela de la soledad…
candil que alumbra el secreto del pulso de este misterio
que me late a pecho abierto, niña mía.

Soy esto… la declarada sensación del crudo invierno del pobre,
el grito de rebelión que se me hizo pueblo en las manos…
tu bandera, mis instintos, nuestra herencia.

Nombras al mundo en mi nombre
y alguien lanza una plegaria hacia un dios desconocido.
Restos de fe…
Toco la orilla del miedo y no sé, no sé qué he sido…
si en tus ojos me deshago de la suerte de no ser…
cuando me lleva tu cuerpo por esos rumbos sin señas
que es la sangre de los míos.

Me habla el tiempo… y en ti me duermo mujer.


Esteban D. Fernández