Este blog es esencialmente inútil. Aspiro a que estas palabras sean ininteligibles, porque lo que busco es precipitarme al fondo del abismo. Infierno o cielo, ¿qué importa? Hay que ir hasta el fondo de lo desconocido para encontrar lo nuevo.

jueves, 8 de febrero de 2018

Prólogo al libro de poemas: "Recuérdame" de Esteban D. Fernández

Soy enemigo de los prólogos. Sólo en los últimos tiempos. Antes tenía un concepto diferente de ellos. Pero soy consciente de que un día éstos subrayaron mis textos bajo la impresión de otros a los que considero talentosos escritores. Por esa deuda pendiente tal vez y por la amistad que me une a quien me pidió que lo escribiera, este prólogo existe.

No soy poeta, aunque hubo un tiempo en que me consideraba escritor de versos y gasté cientos de palabras y un buen puñado de papeles en dejar constancia de ello. Eran tiempos en que vivía enamorado del amor, en que era un muchacho doliente al que las estacas se le clavaban una y otra vez en el corazón, agujereándolo como un castigo, agrietándolo hasta hacerlo pedazos o jirones o lo que sea. Destrozándolo. De mis enamoramientos, que exaltaban mis pasiones y turbaban mi percepción del mundo hacia colores vistosos, y de mis decepciones, que lo teñían todo de negro pesimismo, surgían mis versos. En esa montaña rusa de emociones y sentimientos que llenaban páginas y páginas como desahogo del alma. Pero no. No soy poeta. Sólo viví creyendo hacer poesía. Por eso me sorprende que se me haya pedido hacer esto. ¿Qué puedo decir yo de versos y rimas? Nada. Eso se lo dejo a los eruditos y entendidos. De lo que sí puedo hablar es de la evocación.

Cuando yo escribía poemas de amor y desamor no pensaba en la rima ni en intrincados artificios y estructuras, sino que me valía del sentimiento que se destilaba de sus versos. Lo que evocaba para mí y para otros era lo importante, porque en el propio vómito impulsivo de su creación veía yo la impronta de mis emociones. Sólo así veía fidelidad a la hora de traspasar la carne y la mente para depositar mi alma sobre el papel y que otros, acaso, lograran entender y vivir a través de mis palabras. Si hablo de todo esto es porque Esteban D. Fernández posee ese lenguaje visceral que nace de dentro y se instala con cierto dolor en la hoja en blanco, para llenarla de matices e impresiones nacidas de la soledad, la tristeza o la exaltación del amor, pero que pasan, además por conceptos más complejos que incluyen mitología, filosofía y religión.

Tiene el autor tendencia a perseguir sombras en sus versos:

 

                                    todo él, desde su páramo en sombras

hasta su roída grandeza

                                                                                                      Éramos tan jóvenes

 

La ciudad es el intento donde estrenar la noche

para borrar lo visible de tus días

y despegar la sombra de tu sombra.

Y mientras tanto tú

 

                                                                     No juegues a perderte dentro de tu sombra.

                                                                                                                     Del otro lado

 

Quiero que me oigas…

romper la llave del error con que abrimos las sombras;

El saldo de la herencia

 

                                                                                       También alcé mi voz inútilmente

                                                                                       ante el horror de ver el horizonte

                                                                                                          faltándole al paisaje,

                                                                                  destejiendo su tinte en las esponjas

                                                                                                                     –las mismas–

                                                                         que suprimieron el signo a mis preguntas

                                                                    haciendo del fulgor astillas de cien sombras.

                                                                                                                               El loco

 

Yo he sentido lo distante de un día

deslizarse en la lumbre que enciende la nostalgia,

unas pocas visiones descifrar el misterio

por donde pasarás, aunque no vayas,

la sombra del ahora

creciendo en la mirada de lo que no permanece.

Lo distante de un día

 

                                                                            deje escapar la sombra de inclemencia

                                                                                       del reverso de nuestro porvenir.

                                                                                                         Visión en el umbral

 

Son sólo algunos ejemplos, pero se ve en ellos la terrible querencia del autor por esconderse en esa oscuridad, esa necesidad de huir del mundo y al mismo tiempo llegarse a él a través del amor. Porque ante todo se trata de una oda al amor por una mujer a la que a veces casi consigue alcanzar y, sin embargo, la mayoría ha de contentarse con la ilusión con la que se prendan los sueños [¿Y si el espacio que media entre tu sueño y el mío fuera el milagro de un beso?… Entre tu sueño y el mío]. Hay en Esteban una necesidad abrumadora de ser amado por esa mujer [Bruja amante, miel de campo, mujer de barro… Luz de luna] a la que le implora un acercamiento íntimo que vive del recuerdo a veces y otras del deseo. No faltan en la poesía del autor las referencias místicas, las alusiones al más allá y al mundo de los espíritus y el acercamiento a lo oculto.

 

                                                                               alfabetos roídos por la invisible grafía

                                                                                                      de arcanos imposibles.

                                                                                             Inscripciones en el tiempo

 

Ya todo es después den los conjuros…

tu vuelo fue soborno dos veces en lo inefable.

[…]

Tal vez sea imposible llegar al otro lado

sin el oro del rastro que te dejaste aquí…

entre la ausencia del que parte

desde su nacimiento a lo logrado…

Tu vuelo

 

                                        Partir lejos del ruido.

Hacia el signo del monje.

Donde la tierra se hace seno

y raja el horizonte.

Irse de uno mismo

abandonando lo ilusorio de la forma.

Fugarse de la carne inexistente

y del eje absurdo de los huesos

hasta encontrarse con aquel

que puebla nuestro espejo.

Hacia el signo del monje

 

Ningún guardián en el umbral al rojo dio paso a lo perdido

en el brillo de la creciente noche;

pero alguien despliega la ceremonia del misterio

para erigir la llamarada tenida en lo invisible de todo poderío,

reclamo que viste de fortuna a los

desnudos del ahora oculto en la mirada del arcángel.

Inscripciones en el tiempo

 

 

En estos y otros versos se alude a la inutilidad de las posesiones materiales, al precepto religioso de que nada de lo que hay aquí en la tierra será llevado a los cielos, que todo lo que permanece y perdura no se cuenta en onzas de oro ni cuentas de diamantes. Sino que se trata de algo más sutil y etéreo. Así y todo, Esteban no puede evitar que de sus palabras se desprenda esa pátina de tristeza perenne, de oscuro pesimismo que se escapa aun cuando intenta alimentarse de ilusión y esperanza. En muchos de sus versos se ve esa tendencia de forma abierta, en otros sólo se puede intuir por el cariz que toman sus palabras o por la intención que llevan impresa.

 

Éramos jóvenes y el mundo

cabía en las pupilas de tus ojos,

Éramos tan jóvenes

 

Ni el alto muro de los huesos impedirá el derrame

de todas las hambrunas y miedos nacidos de tu sangre,

que sellan cualquier versión de ti donde exiliarte.

La parte de la soledad

 

¿De quién sino esas rosas, marchitas, sin relevo,

en medio del estruendo de tu corazón

partido por el rayo de ese talismán

al que llamas pérdida de todo porvenir?

Lo distante de un día

 

Los peces están muertos.

Y mientras tanto tú

 

Aunque cierres los ojos y veas más allá del recuerdo de entonces

es inútil no ver lo que la noche pacta

en tus dominios de triste acaudalada;

porque hora tras hora se

multiplica la desdicha huésped de tus lágrimas,

y tus posesiones todas, se trizan como polvareda que el tiempo

levanta, demasiado evidente, en el desierto de existir,

enfrente del espejo que escribe el rostro de la desconocida

que ya eres para ti.

[…]

En un dolor a oscuras permanece,

cautiva, la herida del adiós.

Del otro lado

 

Este morir naciendo cada vez en tus labios…

Este nacer muriendo cada vez en tus manos…

El saldo de la herencia

 

Habitantes de la legión del más allá;

de los encadenados a la tierra

de los que no han de volver más

de los que no han venido aún.

Shamballa

 

¿Cómo nombrar el idioma de ese ángel perdido,

esa raza de infierno donde caes?

Exilio

 

 

Las referencias son abundantes a lo que hay de uno y otro lado, las miserias del alma humana y la tristeza del que se encuentra atrapado en un lugar que considera lejano de sus anhelos o que no le corresponde. Esteban D. Fernández atraviesa las puertas del mítico Shamballa lo mismo que abre las puertas del más allá o las del cielo y el infierno en busca de sus ángeles, los de uno y otro lado. Todo justifica su fin último, su prioridad que no es otra que la mujer amada, aquella a la que no pone nombre y que podría ser una o mil, ¿quién sabe en qué momento le sorprendieron estos versos y a quién iban dirigidos? Su prosa me recordó a mis lecturas juveniles de los poemas de Edgar Allan Poe y también aquellos otros de Charles Baudelaire, por intrincados y oscuros, por sufridos de amor. Pero ya advertí al comienzo que yo no soy poeta y seguro que las referencias del autor son diversas y mucho más variadas de lo que jamás lo puedan ser las mías. Así pues, concluyo diciendo que Recuérdame constituye un bello despliegue de versos a pesar de la nostalgia y melancolía que rezuman. En ellos uno puede recordarse lo efímero de la vida y la futilidad de todo aquello que durante ésta acumulamos. Esteban ensalza el amor por encima de todas las cosas, sea a través de la pérdida, el recuerdo, la tenencia o el anhelo, está presente en casi toda la obra. Conviene realzar su aspecto evocador. De rimas y asonancias yo no entiendo, ni de ritmos ni estructuras y puede que tampoco de belleza poética, pero he aquí que estos versos han evocado en mí todo aquello de lo que he hablado antes de llegar a esta última palabra.

 

Víctor Morata Cortado

Escritor español.

Murcia, 19 de mayo de 2016

 

 

Introducción al libro de poemas: "Recuérdame" de Esteban D. Fernández

  ¿Cómo presentar un libro de poesía?... ¿cómo describir el vuelo de una mariposa o el yunque de un herrero?

¿Cómo presenciar el nacimiento de los frutos?: ¿desde las manos del labrador?, ¿desde la grieta de la tierra fértil?

 

¿Cómo presentar un libro de poesía?

Se habla de un autor, de su alma rebelde y a la vez dócil. Se habla de los versos, libres de ser, pájaros… el canto del alma, el rugido del amor en cada verso.

 

Seguramente ambos elementos, autor y obra, están mucho más ligados entre sí de lo que puedan especular o decir de ellos estas palabras.

 

No imagino ahora la importancia de un prólogo, pues sólo puedo dimensionar entre vislumbres el camino que se abre a partir de las páginas siguientes… quizá esto sea un simple acompañamiento que, imposiblemente, pueda dragar la profundidad de dicho camino, las páginas verdaderamente necesarias.

 

El amor del poeta… la piel de la poesía…

Fuego y lluvia, eso será cada poesía en su más noble decir.

Polvo y viento el poeta, sólo eso, nada más y tanto, en la colonia de sueños y realidades que lo atraviesan.

 

De poco y nada serviría intentar descifrar los laberintos que lleva la mariposa en su vuelo… y es que tampoco existe un servir en descifrarlos, debemos pues explorarlos con los sentidos. Y es el impresionante acto de quedarse uno inmóvil, inmovilizado y flotando, observando semejante belleza… una de las maravillas de nuestra naturaleza: el vuelo de la mariposa, el alma del poeta, el yunque del herrero.

 

Y él lo sabe, pájaro de alas de seda, porque eso mismo es su poesía, el espíritu sin fronteras que fascina al amador que lo observa y lo inmoviliza, con brisa en el cuerpo, flotando, mientras libera todo el caudal de su frescura.

Agua y fuego… el río y el volcán, que es tierra y también humo que danza en el viento.

 

Y el poeta lo sabe. Y entonces, mariposa inquieta, pájaro de alas encendidas, sale a volar su poesía.

 

Entre el amor y la piel nunca existen las distancias…

 

Horacio De Stefano

Poeta y novelista argentino.

Buenos Aires, mayo del 2016.

 

lunes, 29 de enero de 2018

El saldo de la herencia (poema)...

Te sigo paso a paso… quiero estar vivo,

rehacer a partir de tu aroma el aire en que me nombras.

Quiero que me oigas…

romper la llave del error con que abrimos las sombras;

amar todas las caras de tu júbilo en un idioma sin fronteras,

desasido del cielo que se volvió distancia en un siglo de espera.
Quiero que nos alcemos como hierba

y en un escalón del “todavía” hallar la salida

de este instante de ausencia.
Algo me trae el día…

cuando me veo desnudo cicatrizado en tus palmas,

como un puñado de barro que toma forma en tus manos… niña mía.
Así camino… y no quisiera mirar…

pero tengo tus ojos que me explican este intento…

como si hubiera lugar para esta vida…

asomado a tu aliento desde la puerta de mi alma

donde me sostienen solo el tiempo y la pregunta.

 

Este morir naciendo cada vez en tus labios…
Este nacer muriendo cada vez en tus manos…

 

Esteban D. Fernández

Del Poemario: “Recuérdame”.

 

 

jueves, 25 de enero de 2018

Shamballa (poema)...

Distantes como el secreto de una señal anunciada
por el trigo que los difuntos siegan más allá de los campos
abismados en el estigma de murallas de hierro…

cercanos como las cenizas de la perpetuación que dictan al pie de los oráculos
el trazado de un espacio no revelado a lo que nacerá otra vez
en el seno de lo que habita en el aura sagrada del berilo;

mensajeros del tiempo que se levantan en la memoria de la gran añoranza
del otro lado del no estar con la visión inclinada hacia la sombra
de los que no beberán las aguas de Leteo ni dejarán algo de sí
en el umbral de cada puerta leída en las tablas de piedra de la diosa.

Barro animado que se eleva hasta los humos del altar,
leche de cabra que nutre los siete pasos hacia los puntos cardinales,
llamado desoído por la hierba que de la providencia crece
en un murmullo de ofrenda que esgrime el sortilegio de las constelaciones.

Habitantes de la legión del más allá:
de los encadenados a la tierra
de los que no han de volver más
de los que no han venido aún.

Ángeles establecidos en el uno,
sobrevolando el resplandor de los espejos en la permanencia de la duración
donde un cántico recoge las palabras de “pase” que nadie dijo más,
el último llamado que prolonga la voz de una estación
que nace debajo del silencio lo mismo que el signo de un olvido;

sentencia que abre hacia el revés de todo nacimiento,
dominio inalcanzable por las migraciones del alma
cumplidas en cada cuerpo de morir.

Esteban D. Fernández

Notas:

Berilo: Piedra preciosa parecida a la esmeralda, de color verde muy subido y transparente, que se utiliza a modo de espejo mágico, en cuya aura astral puede el vidente observar apariciones e imágenes de cosas futuras.

Leteo: Río del olvido.

martes, 15 de agosto de 2017

Luz de luna (poema)




Pensado por el oficio de tus manos… vuelo lejos.

En ti me duermo mujer…
luz de luna, faro que arde, patria del pecho incendiándome el latido.
Tiembla la tierra cuando te anuncias regresándome, paloma mía.
Tu vuelo traza la ruta de mi nido y en tu aleteo me quedo…
¿Por qué llorar corazón?

El dulce labio del destino me arrulla con confesiones que solo piden tu oído.
Bruja amante, miel del campo, mujer del barro…
vestida de mil distancias beso tu huella en el viento y me seduce tu aroma,
magia del sueño donde te guardo en silencio como un pedazo de noche…
vela de la soledad…
candil que alumbra el secreto del pulso de este misterio
que me late a pecho abierto, niña mía.

Soy esto… la declarada sensación del crudo invierno del pobre,
el grito de rebelión que se me hizo pueblo en las manos…
tu bandera, mis instintos, nuestra herencia.

Nombras al mundo en mi nombre
y alguien lanza una plegaria hacia un dios desconocido.
Restos de fe…
Toco la orilla del miedo y no sé, no sé qué he sido…
si en tus ojos me deshago de la suerte de no ser…
cuando me lleva tu cuerpo por esos rumbos sin señas
que es la sangre de los míos.

Me habla el tiempo… y en ti me duermo mujer.


Esteban D. Fernández